domingo, 3 de diciembre de 2006

Las armas las carga el diablo, y las bridas...

Pues también las carga el diablo. Y cuando no las carga el, las cargo yo, que soy mas peligroso aún. Al menos para mi propia salud. Empecemos por las cuestiones básicas. ¿Qué es una brida? Pues, según la creencia popular, una brida plástica, es una tira de plástico (como su propio nombre indica), normalmente de color negro o blanco. En toda su longitud hay una especie de dentado, diseñado, con mucha inteligencia, para que al pasar por el interior de uno de sus extremos, quede sujeto, formando un aro alrededor del objeto a sujetar. La intención de este ingenio es sujetar un objeto y que no se suelte nunca más (o al menos hasta que la corte alguien, muchas veces el mismo que la coloca, porque se a equivocado de sitio). Algunos la conocen por cintillo/a o algo por el estilo, para que quede claro del todo, es lo que sale en la foto.



Pero que equivocados estamos los humanos. Las bridas no son lo que pensamos. No deberían de venderse en las ferreterías, sino en tiendas especializadas, junto a los explosivos. ¿Creen que exagero? Pues no. Esos trozos de plástico son altamente peligrosos para la salud física y mental.
Todo empieza un día normal de trabajo (supongo que saben lo que es, es un sitio a donde se suele ir a perder ocho horas diarias de tu vida por cuatro perras). El día comienza bien, no hay nubes, el sol te quema la cabeza aún llevando casco, el encargado te saluda con un movimiento de cabeza extraño, acompañado por un “umg”, y antes de que termines de cerrar la taquilla, ya te han mandado a que cojas la caja de herramientas y que te vallas al otro lado de la central a que coloques un cable y lo sujetes con bridas… (jo, yo me esperaba que ahora sonara algo así como la música de tiburón, para darle mas ambiente a esto)
Y allí estas, diez minutos después, agachado delante del cable, de un color verde muy bonito. Justo detrás del cable, una canaleta metálica a la que debe de ir sujeto. Ágil como nadie, abres la caja de herramientas y de una bolsa sacas una brida negra. Por un segundo, la brida y tu cruzan las miradas. No te das cuenta hasta más tarde, pero en sus negros ojo había una mirada asesina que se clava en ti como un puñal. La brida ha dejado de ser un trozo de plástico inofensivo, para convertirse en un arma de destrucción que ya quisiera el amigo Bush (si hubiera encontrado bridas en Irak, ahora el mundo seria muy distinto).
Con una mano colocas el cable en su sitio. Con la otra sujetas la brida. Rodeas el cable con ella y como el lógico, ignorante de las intenciones homicidas de la brida, pasas la punta de la brida por el interior del otro extremo. Tiras suavemente de la punta hacia ti, escuchando los “clic-clic-clic” del plástico delante de tu cara. Justo cuando tienes que dar el apretón final, con el que el cable tiene que quedar sujeto de por vida, compruebas que todo esta bien, que el cable esta bien colocado en su sitio.
Agarras la brida, cerrando toda la mano alrededor de ella. Con fuerza tiras de ella, haciendo que estrangule al cable cada vez más, mucho más fuerte de lo que nunca ha estado ninguna brida en el mundo, tiras de ella, hasta que la brida hace lo que lleva planeando hacer desde que salió de la bolsa y te miró a los ojos. Se parte.
Pensareis que por que la brida se parta no pasa nada, pero si que pasa. Porque la brida es de plástico, pero no tonta. Se parte justo en el momento en el que más fuerte estas tirando de ella. Justo en ese momento oyes el “clac” del plástico al romper. Pero ya no tienes tiempo de reaccionar. Te das cuenta de los planes psicópatas de la brida demasiado tarde. Con la misma fuerza con la que tiras de ella, sale disparada, junto con tu puño cerrado, directos hacia tu cara. Cuando intentas esquivarlo, ya es tarde. Sientes como tus nudillos impactan directamente en tu nariz y tu boca. Una vez más, el mayor dolor es el de tu orgullo, que coge una brida y se estrangula con ella.
Pero aunque tu orgullo se halla suicidado, el poco sentido de la vergüenza que queda en ti te obliga a reaccionar inmediatamente. Mareado como estas. Con ganas de estornudar. Y con el labio que no sabes si esta sangrando, o simplemente es que no lo siente y te estas babeando todo, te levantas como si nada hubiera pasado. La brida todavía sujeta en tu mano. ¿Y que haces? Mirar a tu alrededor para comprobar que nadie te ha visto hacer el idiota de mala manera. Afortunadamente no hay nadie.
Te vuelves a agachar, a ver si se te pasa el mareo y la vergüenza. Tiras la brida y con mucho cuidado, y sin mirarla primero, colocas otra para poder irte lo antes posible a esconderte donde nadie te pueda reconocer y preguntarte por el color rojo de tu nariz.
Eso si, sigues con el picor de nariz durante una hora, y cada vez que estornudas, compruebas antes la distancia con la pared más próxima.

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